Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras Un intenso vapor se elevaba de las nieves, lo que era de buen agüero, y la licuación de aquellas inmensas moles parecÃa próxima. El disco pálido del sol tendÃa a enrojecerse y trazaba espirales más prolongadas encima del horizonte. La noche duraba apenas tres horas.
Otro sÃntoma habÃa no menos significativo. Algunos ptarmiganos, gansos boreales, chorlitos y ortegas regresaban a bandadas, y el aire se poblaba, poco a poco, de atronadores gritos, de los que se acordaban aún los navegantes de la última primavera. Numerosas liebres, de las cuales se cazaron muchas, aparecieron en la playa de la bahÃa, e igualmente los ratones árticos, cuyas madrigueras forman un sistema de alvéolos regulares.
El doctor hizo notar a sus compañeros que casi todos aquellos animales empezaban a perder el pelo o la pluma blanca del invierno para tomar su traje de verano. «Se primaverizaban», decÃa él, y al mismo tiempo la Naturaleza empezaba a ofrecerles su pasto en forma de musgos, amapolas, saxÃfragas y menudo césped. Se veÃa que una nueva existencia atravesaba las nieves descompuestas.
Pero con los animales inofensivos volvieron sus enemigos maléficos. Las zorras y los lobos llegaron acechando su presa, y lúgubres aullidos resonaban durante la corta oscuridad de las noches.