Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras —Sin contar que antes de este célebre marino —repuso el obstinado americano— nadie habÃa avanzado tanto hacia el Norte.
—Me complazco en creer —dijo Hatteras— que en la actualidad le han dejado atrás los ingleses.
—¡Y los americanos! —dijo Altamont.
—¿Los americanos? —interrogó Hatteras.
—¿Qué soy yo, pues? —respondió Altamont con altanerÃa.
—Vos sois —respondió Hatteras con una saña difÃcilmente contenida—, vos sois un hombre que pretende otorgar a la casualidad y a la Ciencia una misma parte de la gloria. Vuestro capitán americano avanzó mucho hacia el Norte, pero la casualidad…
—¡La casualidad! —exclamó Altamont—. ¿Os atrevéis a decir que Kane no debe a su energÃa y su saber este gran descubrimiento?
—Digo —replicó Hatteras— que el nombre de Kane no es un nombre que merezca ser pronunciado en un paÃs esclarecido por los Parry, los Franklin, los Ross, los Belcher, los Penny, en estos mares que han franqueado el paso del Noroeste al inglés McClure…
—¡McClure! —respondió el americano—. ¿Citáis a McClure, y os subleváis contra los beneficios de la casualidad? ¿No es acaso la casualidad, y no más que la casualidad, quien le ha favorecido?