Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras —Conservadla en buena hora —exclamó Hatteras—, pero procurad conservarla de modo que nadie la conozca.
—¿Y con qué derecho me habláis as� —dijo el americano, enfurecido.
—¡Con mi derecho de capitán! —respondió Hatteras con cólera.
—¿Estoy, pues, bajo vuestras órdenes? —replicó Altamont.
—¡Sin duda alguna! ¡Desgraciado de vos si…!
El doctor, Johnson y Bell intervinieron. Ya era tiempo; los dos enemigos se medÃan con la mirada. El doctor estaba muy afectado.
Sin embargo, después de algunas palabras conciliadoras, Altamont fue a acostarse, silbando el canto nacional del Yankee Doodle. No podemos asegurar si se durmió, pero lo cierto es que no dijo una sola palabra.
Hatteras salió de la tienda y se paseó a paso acelerado por espacio de una hora, después de la cual volvió a entrar y se acostó sin despegar tampoco los labios.
