Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras Ofrecían un espectáculo curioso y patético aquellos hermosos animales que corrían, saltaban y revoloteaban sin desconfianza, que se posaban en los hombros del buen Clawbonny, que se echaban a sus pies, que mendigaban sus caricias, que hacían al parecer todo lo posible para recibir debidamente a sus huéspedes desconocidos. Las numerosas aves, lanzando alegres gritos, se llamaban unas a otras, y se las veía acudir de todos los puntos de la hondonada. El doctor parecía verdaderamente un hechicero. Los cazadores prosiguieron su camino a lo largo de los húmedos ribazos del riachuelo, seguidos de aquella familiar muchedumbre, y al llegar a una ribera que formaba el valle, percibieron un grupo de ocho o diez renos que pacían algunos líquenes medio sepultados por la nieve. Daba gusto ver aquellos animales graciosos y tranquilos, con su ramosos mogotes que coronaban la cabeza de las hembras lo mismo que la de los machos. Su pelaje, que parecía lanar, abandonaba ya la blancura invernal para tomar el color pardo y ceniciento del verano. Tampoco aquellos renos parecían más ariscos y menos afectuosos que las liebres y las aves de aquella pacífica comarca. Tales debieron ser las relaciones de los primeros hombres con los primeros animales, en la infancia del mundo.