Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras Los cazadores llegaron en medio del grupo sin que ninguno de los que lo componÃan diese un paso para huir, y eso no obstante, al doctor le costó un poco refrenar los instintos de Altamont, que no podÃa ver tranquilamente aquella magnÃfica caza sin que se le subiese a la cabeza una embriaguez de sangre. Hatteras miraba conmovido a aquellas apacibles criaturas que restregaban su hocico entre los vestidos del doctor, el amigo de todos los seres animales.

—¿A qué hemos venido aquÃ? —DecÃa Altamont—. ¿Hemos venido o no para cazar?
—¡Para cazar el toro almizclado —respondió Clawbonny— y no otra cosa! No sabrÃamos qué hacer de los renos que cazásemos, pues nuestras provisiones son suficientes. Dejadnos gozar por tanto de este espectáculo conmovedor del hombre que se pone en cierta intimidad con estos animales sin inspirarles la menor desconfianza.
—Lo que prueba que no le han visto nunca —dijo Hatteras.
—Evidentemente —respondió el doctor—. Y de vuestra observación se deduce que estos animales no son de procedencia americana.
—¿Y por qué? —dijo Altamont.