Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras —Si hubiesen nacido en tierras de la América septentrional, sabrÃan a qué atenerse respecto del mamÃfero bÃpedo y bÃmano que se llama hombre, y hubieran huido al vernos. No, no son de origen americano. Es probable que hayan venido del Norte, que sean oriundos de aquellas comarcas desconocidas de Asia donde no se han acercado nunca a nuestros semejantes, y que hayan atravesado los continentes próximos al Polo. AsÃ, pues, Altamont, no tenéis el derecho de reclamarlos como compatriotas.
—Lo que menos importa a un cazador —respondió Altamont— es la patria de los animales. La caza es siempre del paÃs del que la mata.
—¡Calmaos, valeroso Nemrod! ¡Calmaos! En cuanto a mÃ, antes de sembrar el espanto en esta población encantadora, renunciarÃa a volver a coger una escopeta en todos los dÃas de mi vida. Ya lo veis, hasta el mismo Duck fraterniza con tan hermosos animales. Creedme, seamos buenos mientras podamos. La bondad es una fuerza.
—Bien, bien —replicó Altamont, que comprendÃa poco esta sensibilidad—. Pero yo quisiera veros sin más armas que vuestra bondad en medio de una manada de osos o de lobos.