Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras —¡Oh! Yo no pretendo dominar a las bestias feroces —replicó el doctor—, creo poco en los hechizos de Orfeo. Además, los osos y los lobos no nos saldrÃan afectuosamente al encuentro como estas liebres, perdices y renos.
—¿Por qué no —respondió Altamont—, si no hubiesen visto nunca hombres?
—Porque son animales naturalmente feroces, y la ferocidad, como la maldad, engendra la sospecha, observación que puede hacerse en el hombre lo mismo que en los animales. Quien dice malvado, dice desconfiado, y el miedo es propio de los que lo inspiran.
Con esta leccioncilla de filosofÃa natural terminó la observación.
Todo el dÃa se pasó en aquel valle que el doctor quiso llamar la Arcadia Boreal, a lo que sus compañeros no se opusieron en lo más mÃnimo, y, llegada la noche, después de una cena que no habÃa costado la vida a ninguno de los habitantes de aquella comarca, los tres cazadores se durmieron en el hueco de una roca dispuesto expresamente para ofrecerles un cómodo abrigo.
