Aventuras del capitan Hatteras

Aventuras del capitan Hatteras

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Pero era difícil que alcanzasen a los toros unos hombres a quienes una carrera sostenida, que duró media hora, quitó casi todo el aliento. Hatteras y sus compañeros se detuvieron jadeando.

—¡Diablos! —dijo Altamont.

—Diablos son, sin duda —respondió el doctor, que apenas podía respirar—. De esos rumiantes sí que digo que son americanos y me parece que no tienen formada de vuestros compatriotas una idea muy ventajosa.

—Lo que prueba que somos buenos cazadores —respondió Altamont.

No viéndose ya perseguidos, los toros almizclados se detuvieron con actitud de asombro. Era evidente que no se les podía rendir corriendo tras ellos, por lo que se pensó en acorralarlos, prestándose a esta maniobra la meseta que ocupaban. Los cazadores, dejando a Duck que hostigase a los animales, bajaron por las hondonadas circundantes, de modo que pudiesen cercar la meseta. Altamont y el doctor se escondieron en una de sus extremidades, detrás de una roca, mientras Hatteras, subiendo de improviso por el extremo opuesto, debía rechazarlos.

Al cabo de media hora, cada cual ocupaba su puesto.

—Esta vez —dijo Altamont— no os opondréis a que reciba a tiros a esos cuadrúpedos…


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