Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras —¡No! Les haremos una guerra de buena ley —respondió el doctor, el cual, no obstante su apacibilidad natural, era cazador en el fondo del alma.
En este punto de la conversación, vieron agitarse a los toros almizclados, cuyos corvejones casi mordÃa Duck, y más lejos a Hatteras, que, lanzando grandes gritos, los impelÃa hacia el doctor y el americano, que se colocaron delante de aquella magnÃfica presa.

Entonces los toros se detuvieron, y espantándoles menos la presencia de un solo enemigo, se dirigieron a Hatteras. Éste les aguardó a pie firme, apuntó al Duck hostigando a los toros almizclados cuadrúpedo que tenÃa más cerca e hizo fuego, sin que su bala, hiriendo al animal en medio del testuz, le contuviese en su arremetida. El segundo tiro de Hatteras no produjo más efecto que volver más furiosos a los animales, los cuales se arrojaron contra el cazador desarmado y le derribaron en un instante.
—¡Está perdido! —exclamó el doctor.
En el momento de pronunciar Clawbonny estas palabras con el acento de la desesperación, Altamont dio un paso hacia delante para volar en socorro de Hatteras, pero se detuvo, luchando contra sà mismo y contra sus preocupaciones.
—¡No! —exclamó—. ¡SerÃa una felonÃa!
Y se lanzó al teatro de combate con Clawbonny.