Aventuras del capitan Hatteras

Aventuras del capitan Hatteras

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Su vacilación no había durado más que medio segundo. Pero si el doctor vio lo que pasaba en el alma del americano, Hatteras lo comprendió, y se hubiera dejado matar antes de implorar la intervención de su rival. Sin embargo, apenas tuvo tiempo de darse cuenta de nada, porque Altamont apareció junto a él.

Hatteras, derribado, procuraba parar las cornadas y coces de los dos animales, pero la lucha no podía prolongarse mucho tiempo.

Iba inevitablemente a ser despedazado, cuando resonaron dos disparos. Hatteras oyó el silbido de las balas, que le rozaron casi la cabeza.

—¡Valor! —exclamó Altamont, el cual, tirando el arma descargada, se precipitó contra los furiosos animales.

Uno de los toros, atravesado el corazón, cayó como herido por un rayo. El otro, en el colmo del furor, iba a despanzurrar al desgraciado capitán, cuando Altamont, colocándose enfrente, hundió entre sus mandíbulas abiertas su mano armada del cuchillo de nieve, y con la otra le hendió la cabeza de un hachazo.

Todo pasó con una rapidez tan maravillosa, que a la luz de un solo relámpago se hubiera podido ver toda la escena. El segundo toro dobló sus corvejones y cayó muerto.

—¡Hurra! ¡Hurra! —exclamó Clawbonny.


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