Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras Hatteras estaba salvado.
¡DebÃa, pues, la vida al hombre que detestaba más en el mundo! ¿Qué pasó en su alma en aquel instante? ¿Qué movimiento humano, que no pudo dominarse, se produjo en ella?
Hay en el corazón secretos cuyo análisis es imposible.
Lo cierto es que Hatteras, sin vacilar, se dirigió a su rival, y le dijo con voz grave:
—Me habéis salvado la vida, Altamont.
—Vos me habéis salvado la mÃa —respondió el americano.
Hubo un momento de silencio, y luego, Altamont añadió:
—¡Estamos en paz, Hatteras!
—No, Altamont —respondió el capitán—; cuando el doctor os sacó de vuestra tumba de hielo, yo ignoraba quién erais vos, y vos, sabiendo quién era yo, me habéis salvado la vida con peligro de la vuestra.
—Porque vos sois mi semejante —respondió Altamont—, y un americano será lo que se quiera, pero no un infame, ni un cobarde.
—¡No, es verdad! —exclamó el doctor—. ¡Es un hombre! ¡Un hombre como vos, Hatteras!
—Y como yo, participará de la gloria que nos está reservada.