Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras —¡La gloria de ir al Polo Norte! —dijo Altamont.
—¡SÃ! —respondió el capitán con un acento soberbio.
—¡Lo habÃa, pues, adivinado! —exclamó el americano—. ¿Os habéis atrevido a concebir semejante proyecto? ¡Habéis intentado alcanzar el punto inaccesible! ¡Ah! ¡Eso es magnÃfico! ¡Yo os lo digo, es sublime!
—¿Pero vos —preguntó Hatteras con voz rápida— no os lanzabais, como nosotros, por el camino del Polo?
Altamont parecÃa vacilar en responder.
—¿Qué decÃs? —preguntó el doctor.
—¡Pues bien, no! —respondió el americano—. ¡No! ¡La verdad antes que el amor propio! ¡No! Yo no he tenido la idea sublime que os ha arrastrado hasta aquÃ. Yo querÃa con mi buque salvar el paso del Noroeste. He aquà todo.
—Altamont —dijo Hatteras, tendiendo la mano al americano—, sed, pues, nuestro compañero de gloria y acompañadnos a descubrir el Polo Norte.
Los dos se apretaron la mano afectuosamente, una mano franca y leal.
Cuando se volvieron hacia el doctor, éste lloraba.