Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras —¡Ah, amigos mÃos! —murmuró, restregándose los ojos—. ¡Cómo puede mi corazón contener en este momento su alegrÃa! ¡Ah! ¡Mis queridos compañeros! Habéis sacrificado, para reuniros en una empresa común, las miserables cuestiones de nacionalidad. Os habéis dicho que Inglaterra y América nada tienen que ver en el asunto, y que una estrecha simpatÃa debÃa uniros contra los peligros de nuestra expedición. Si el Polo Norte se alcanza, ¿qué importará que lo hayan descubierto unos u otros? ¿Por qué rebajarnos individualmente y acordarnos de si somos americanos o ingleses, cuando podemos gloriamos de ser hombres?
El buen doctor abrazaba a los enemigos reconciliados; no podÃa contener su alegrÃa, y los dos nuevos amigos se sentÃan más unidos aún por la amistad que el digno hombre profesaba a los dos. Clawbonny, sin poder reprimirse, hablaba de la vanidad de las competencias, de la locura, de las rivalidades y del acuerdo tan necesario entre hombres abandonados lejos de su paÃs. Sus palabras, sus lágrimas, sus caricias, todo salió de lo más Ãntimo de su corazón.
Se calmó después de haber abrazado veinte veces a Altamont y a Hatteras.
—¡Y ahora —dijo—, manos a la obra! Puesto que como cazador no he tenido ocasión de lucirme, utilicemos alguna otra de mis aptitudes.