Aventuras del capitan Hatteras

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Un cuarto de hora después, la comitiva volvía a emprender su marcha al resplandor de las antorchas en medio de la húmeda oscuridad.

Pero aunque se seguía mejor la línea recta, no por eso se andaba más de prisa, y los tenebrosos vapores no se disiparon hasta el 6 de julio, en cuya época se enfrió la atmósfera, y un viento del Norte bastante fuerte se llevó toda aquella niebla como los harapos de una túnica destrozada.

El doctor fijó inmediatamente la posición, y vio que los viajeros, durante la niebla, no habían andado por término medio más que 8 millas diarias.

El 6 se trató de ganar el tiempo perdido, y se partió muy de madrugada. Altamont y Bell formaron la vanguardia, sondeando el terreno y procurando levantar la caza. Duck les acompañaba. El tiempo, con su asombrosa movilidad, se había puesto muy claro y muy seco, y aunque los guías se hallaban a dos millas del trineo, el doctor no perdía de vista ninguno de sus movimientos.

Quedó asombrado viéndoles detenerse de repente y tomar una actitud de sorpresa. Parecía que miraban ansiosamente a lo lejos como si interrogasen al horizonte.

Después, agachándose, examinaban con atención y se levantaban sorprendidos. Bell, al parecer, quería seguir adelante, pero Altamont lo contuvo.


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