Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras —¿Qué me decís de esta pisada? —repuso Altamont, indicando una huella varias veces repetida.
—¿Esta pisada?
—¿Os parece que es de un esquimal?
El doctor miró atentamente y quedó atónito. La impresión de un zapato europeo con sus clavos, su suela y su tacón, estaba profundamente marcada en la nieve. No había duda; un hombre, un extranjero había pasado por allí.
—¡Europeos aquí! —exclamó Hatteras.
—Evidentemente —dijo Johnson.
—Y, sin embargo —dijo el doctor—, es el hecho tan improbable que es preciso pensarlo más de una vez antes de decidirse.
El doctor examinó de nuevo las pisadas y las volvió a examinar, y se vio obligado a reconocer su origen extraordinario.
No quedó más asombrado el héroe de Daniel Defoe cuando encontró la huella de un pie en la arena de su isla; pero lo que él experimentó fue miedo, y lo que experimentaba Hatteras era despecho. ¡Un europeo tan cerca del Polo!
Se siguió adelante para reconocer aquellas huellas, que se repetían en un trayecto de un cuarto de milla, mezcladas con otras de abarcas y mocasines, y luego continuaban hacia el Oeste.
—No —respondió Hatteras—. Vámonos…