Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras Fue interrumpido por una exclamación del doctor, que encontró en la nieve un objeto aún más convincente, acerca de cuyo origen no podÃa caber duda. Era el objetivo de un anteojo de bolsillo.
—¡Ahora —dijo— no se puede ya dudar de la presencia de un extranjero en esta tierra!
—¡Adelante! —exclamó Hatteras.
Y con tanta energÃa pronunció esta palabra, que todos lo siguieron. El trineo volvió a emprender su marcha un momento interrumpida.
Todos examinaban el horizonte con ansiedad, todos menos Hatteras, a quien animaba una cólera sorda y no querÃa ver nada. Sin embargo, como se corrÃa el riesgo de tropezar con un grupo de viajeros, era menester tomar precauciones. Era en verdad una gran desgracia verse precedido en aquel camino ignorado. El doctor, sin experimentar la cólera de Hatteras, no dejaba de sentir cierto despecho a pesar de su filosofÃa habitual. Altamont parecÃa también vejado, y Johnson y Bell murmuraban entre dientes palabras amenazadoras.
—Paciencia —dijo al fin el doctor—; hagamos de tripas corazón.
—Preciso es confesar —dijo Johnson, sin que Altamont le oyese— que serÃa mala suerte hacer un viaje al Polo, y encontrar el sitio tomado.
—Y, sin embargo —respondió Bell—, no cabe la menor duda…