Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras —Ninguna —replicó el doctor—. Yo me devano los sesos para explicarme la aventura, y aunque me parece improbable, imposible, tengo que rendirme a la evidencia. Aquel zapato no habrÃa dejado huella sobre la nieve sin hallarse en el extremo de una pierna, y sin que esta pierna estuviese unida a un cuerpo humano. Si fuesen esquimales, pase, ¡pero un europeo!
—El hecho es —respondió Johnson— que si encontramos que nos han cogido las camas en la posada del extremo del mundo, el chasco será solemne.
—Muy solemne —respondió Altamont.
—En fin, allá veremos —dijo el doctor.
Y se siguió la marcha.
Aquel dÃa pasó sin que ningún hecho nuevo confirmase la presencia de extranjeros en aquella parte de Nueva América, y los viajeros establecieron su campamento para pasar la noche.
Habiéndose dirigido al Norte un viento bastante fuerte, fue preciso buscar para la tienda un abrigo seguro en una hondonada. El cielo estaba amenazador; prolongadas nubes surcaban el aire con mucha rapidez, besando casi la tierra, y la vista podÃa difÃcilmente seguirlas en su desenfrenado curso. Algunas veces, jirones de aquellas nubes se arrastraban por el suelo, y no sin grandes dificultades podÃa la tienda resistir los embates del huracán.
