Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras —Mala noche se prepara —dijo Johnson, después de cenar.
—No será frÃa, pero será estrepitosa —respondió el doctor—. Tomemos precauciones y aseguremos la tienda con grandes piedras.
—Tenéis razón, señor Clawbonny; si el huracán se nos llevase nuestro abrigo de lienzo, Dios sabe dónde lo alcanzarÃamos.
Se tomaron las más minuciosas precauciones para conjurar aquel peligro, y los viajeros, fatigados, procuraron dormirse.
Pero no les fue posible. La tempestad se habÃa desencadenado y se precipitaba del Sur al Norte con una incomparable violencia. Las nubes se desparramaban por el espacio como el vapor fuera de una caldera que acabara de reventar; los últimos aludes, a impulsos del huracán, caÃan al fondo de los valles, y los ecos les contestaban con sordas repercusiones; la atmósfera parecÃa ser teatro de un combate a muerte entre el aire y el agua, dos elementos formidables en sus cóleras, y sólo el fuego faltaba a la batalla.