Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras El oÃdo sobreexcitado percibÃa en la confusión general de los ruidos particulares, no el rumor que acompaña la caÃda de los cuerpos pesados, sino el chasquido claro de los cuerpos que se rompen. Se oÃan distintamente sonidos claros y tersos, como los del acero que se rompe, en medio de los mugidos prolongados de la tempestad.
Estos últimos se explicaban naturalmente por los aludes que los torbellinos retorcÃan, pero el doctor no sabÃa a qué atribuir los otros.
Aprovechándose de los instantes de silenciosa ansiedad, durante los cuales parecÃa que el huracán tomaba aliento para soplar con más violencia, los viajeros se daban cuenta unos a otros de sus respectivas suposiciones.
—Se producen choques —decÃa el doctor—, como si hubiese un combate entre los icebergs y los icefields.
—Sà —respondió Altamont—. DirÃase que la corteza de la Tierra salta toda entera. ¿OÃs?
—Si estuviésemos cerca del mar —añadÃa el doctor— creerÃa verdaderamente en un rompimiento de los hielos.
—En efecto —respondió Johnson—, este ruido no tiene otra explicación.
—¿Habremos llegado a la costa? —dijo Hatteras.