Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras —No serÃa imposible —respondió el doctor—. OÃd —añadió después de un chasquido sumamente violento—, ¿no se dirÃa que tenemos cerca una dislocación de los hielos? Muy posible es que estemos cerca del océano.
—Si asà fuese —repuso Hatteras—, no vacilarÃa en lanzarme por entre los campos de hielo.
—¡Oh! —exclamó el doctor—. Una tempestad semejante ha de haber quebrantado necesariamente los hielos. Mañana veremos. Lo que es esta noche, si hay alguno que viaje, le compadezco con toda mi alma.
El huracán duró diez horas sin interrupción, y ninguno de los huéspedes de la tienda pudo cerrar los ojos, pues pasaron toda la noche profundamente inquietos.
En efecto, en circunstancias como aquéllas, cualquier incidente nuevo, una tempestad, un alud, podÃa ocasionar retrasos graves. El doctor hubiera querido salir de la tienda para reconocer el estado de la atmósfera; pero ¿cómo aventurarse estando el viento tan desencadenado?
Afortunadamente, al amanecer se apaciguó el huracán y se pudo salir de la tienda, la cual habÃa resistido valerosamente. El doctor, Hatteras y Johnson se dirigieron a una colina que tendrÃa unos trescientos pies de elevación, y con bastante facilidad se encaramaron por ella.