Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras Sus miradas se pasearon entonces por un paÃs metamorfoseado, compuesto de rocas vivas, de agudos picos y completamente desprovisto de hielo. Aquello era el verano que sucedÃa de improviso al invierno expulsado por la tempestad; la nieve, cortada por el huracán como por una hoja afilada, no habÃa tenido tiempo de convertirse en agua, y aparecÃa la tierra con toda su aspereza primitiva.

Pero hacia el Norte se dirigieron rápidamente las miradas de Hatteras, y allà el horizonte parecÃa bañado en negros vapores.
—Aquellos vapores oscuros —dijo el doctor— podrÃan muy bien ser producidos por el océano.
—Tenéis razón —respondió Hatteras—, el mar debe de estar allÃ.
—Aquel color es el que nosotros llamamos el blinck del agua libre —dijo Johnson.
—Precisamente —repuso el doctor.
—¡Pues bien, al trineo —exclamó Hatteras—; y marchemos a este nuevo océano!
—Eso os alegra el corazón —dijo Clawbonny al capitán.
—SÃ, por cierto —respondió éste con entusiasmo—. ¡Antes de muy poco habremos alcanzado el Polo! Y a vos, mi querido doctor, ¿no os hace feliz esta perspectiva?