Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras —¡Oh! ¡A mà todo me hace feliz, y principalmente la felicidad de los otros!
Los tres ingleses volvieron a la hondonada, y, preparado el trineo, se levantó el campo. Volvióse a emprender la marcha, temiendo todos encontrar de nuevo las huellas del dÃa anterior; pero durante el resto del camino no se presentó ningún rastro de extranjeros ni de indÃgenas. Tres horas después, los viajeros llegaban a la costa.
—¡El mar! ¡El mar! —Clamaban todos a la vez.
—¡Y el mar libre! —gritó el capitán.
Eran las diez de la mañana.

En efecto, el huracán habÃa barrido el mar polar; los témpanos, quebrantados y removidos, se agitaban en todas direcciones; los mayores, formando icebergs, acababan de «levar el ancla», según la expresión de los marinos, y flotaban en el mar libre. El campo habÃa sido rudamente asaltado por el viento y una capa de láminas delgadas, de granizo y de polvo de hielo estaba esparcida por los peñascos circundantes. Lo poco que quedaba del icefield al nivel de la playa, parecÃa podrido; en las rocas, donde se estrellaban las olas, verdeaban anchas algas marinas y racimos de uvas o lechugas de mar.
El océano se extendÃa más allá del alcance de la vista, sin que ninguna isla, ninguna tierra nueva, limitase el horizonte.