Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras La costa, en el Este y el Oeste, formaba dos cabos que en suave pendiente iba a perderse en medio de las olas. El oleaje se rompía en su extremidad, y una ligera espuma se agitaba a impulsos del viento como una blanca sábana. Así moría la tierra de Nueva América en el océano polar, sin convulsiones, tranquila y ligeramente inclinada. Se redondeaba en forma de bahía muy abierta y constituía una ensenada de herradura limitada por los dos promontorios. En el centro, una roca saliente formaba un ancón natural abrigado por tres lados, que penetraba en la tierra por el ancho lecho de un río, el cual era el camino ordinario de las nieves licuadas después del invierno, y que en aquella ocasión era un torrente.
Hatteras, después de darse cuenta de la configuración de la costa, resolvió hacer en aquel mismo día los preparativos de marcha: echar al mar la falúa, desmontar el trineo y conservarlo para las excursiones sucesivas.
Todos los preparativos podían ocupar el resto del día. Se levantó, pues, la tienda, y después de una comida abundante empezóse a trabajar. Entretanto, el doctor cogió sus instrumentos para orientarse y levantar el plano hidrográfico de una parte de la bahía.