Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras —Los zapatos de Bell, del mismo Bell, el cual, después de haber hecho pedazos sus snow-shoes, anduvo todo el dÃa con zapatos por encima de la nieve.
—Es verdad —dijo Bell.
El error fue tan evidente que todos soltaron una carcajada, a excepción de Hatteras, el cual no era, sin embargo, el que menos se alegraba del descubrimiento.
—Nos hemos puesto bien en ridÃculo —repuso el doctor, cuando la hilaridad se hubo calmado—. ¡Qué suposiciones hemos hecho! ¡Extranjeros en esta costa! ¡Al diablo no se le ocurre semejante disparate! Decididamente, aquà es necesario reflexionar antes de hablar. En fin, puesto que respecto del particular podemos estar tranquilos, no nos queda que hacer más que partir.
—¡En marcha! —dijo Hatteras.
Un cuarto de hora después, cada cual ocupaba su respectivo asiento en la falúa, y ésta, con su trinquete desplegado e izado su foque, zarpó rápidamente de Puerto Altamont.
Aquella travesÃa marÃtima empezaba el miércoles, 10 de julio. Los navegantes se hallaban a una distancia muy corta del Polo, exactamente a 175 millas, y habiendo una tierra situada en aquel punto del Globo, la navegación por mar debÃa de ser muy breve.
El viento era escaso, pero favorable. El termómetro marcaba 50° sobre cero (+10° centÃgrados). HacÃa, en realidad, calor.