Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras —Y a no ser que hubiesen doblado el cabo de Hornos o el de Buena Esperanza —respondió Shandon—, por fuerza tuvieron que dar vuelta a las costas septentrionales de América. Eso, doctor, es indiscutible.
—Sin embargo, mi estimado Shandon —dijo el doctor sonriendo—, si algo os falta para acabaros de convencer, puedo aducir otros hechos, tales como esos maderos flotantes, alerces, pobos y otras especies tropicales, de que el estrecho de Davis está atestado. Y todos sabemos que el Gulf Stream impedirÃa a esos maderos entrar en el estrecho, y, por consiguiente, si salen, no han podido penetrar más que por el estrecho de Behring.
—Estoy convencido, doctor, y confieso que con vos la incredulidad es difÃcil.
—A fe mÃa —dijo Johnson— que algo veo venir muy a propósito para ilustrar la discusión. Tengo fija la vista en un pedazo de tronco de muy buenas dimensiones que flota no lejos de nosotros, y, si el comandante lo permite, iremos a pescarlo, lo izaremos a bordo, y le preguntaremos el nombre de su paÃs.
—¡Perfectamente! —Dijo el doctor—. Después de la regla, el ejemplo.
Shandon dio las órdenes pertinentes; el bergantÃn puso la proa hacia el madero indicado, y muy pronto la tripulación lo izó a cubierta, no sin algún trabajo.
