Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras Fácil es comprender los motivos que tenía Hatteras para desear con tanto afán encontrar un continente en el Polo Norte. ¡Qué tristeza se hubiera apoderado de él si hubiese visto el mar incierto extenderse allí donde una porción de tierra, por pequeña que fuese, era necesaria a sus proyectos! ¿Cómo dar un nombre especial a un espacio de océano indeterminado? ¿Cómo enarbolar en pleno mar el pabellón de su país? ¿Cómo tomar posesión en nombre de Su Graciosa Majestad de una parte del elemento líquido?
Así es que, sin pestañear y con la brújula en la mano, Hatteras devoraba el Norte con sus miradas.
Nada, sin embargo, limitaba la extensión del mar polar hasta la línea del horizonte. Sus aguas se confundían con el cielo puro de aquellas zonas. Algunas montañas de hielo, huyendo por los lados, querían al parecer abrir paso a aquellos intrépidos navegantes.
El aspecto de aquella región ofrecía caracteres irregularísimos. ¿Dependía aquella impresión de la disposición de ánimo de viajeros muy conmovidos e hipernerviosos? Difícil es decirlo. El doctor, sin embargo, en sus notas diarias describe aquella extraña fisonomía del océano; habla de ella como habla Penny, según el cual, «aquellas comarcas ofrecen al viajero el más raro contraste de un mar animado por millones de criaturas vivientes».