Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras La llanura líquida, matizada de una manera vaga, se mostraba muy transparente y estaba dotada de un increíble poder de dispersión, como si hubiese estado formada de carburo de azufre. Aquella diafanidad permitía registrar el mar con la mirada hasta profundidades inconmensurables. Parecía que el mar polar estaba alumbrado por debajo a la manera de un inmenso acuario. Algún fenómeno eléctrico, producido en el fondo de los mares, iluminaba sin duda las capas más remotas. Así es que la falúa parecía suspendida sobre un abismo sin fondo.
Sobre la superficie de aquellas aguas asombrosas, volaban las aves en numerosas bandadas, semejantes a nubes densas y preñadas de tempestades. Aves de paso, aves de río, aves nadadoras, ofrecían en su conjunto todo el muestrario de la gran familia acuática, desde el albatros, tan común en las comarcas australes, hasta el pingüino de los mares árticos, pero en proporciones gigantescas. Sus gritos producían un ensordecimiento continuo. El doctor, considerándolas, perdía su ciencia de naturalista; se le escapaban de la memoria los nombres de aquellas especies prodigiosas, y se sorprendía hasta el punto de bajar la cabeza, cuando sus alas azotaban el aire con un poder indescriptible.
