Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras La atmósfera adquiría una pureza sobrenatural; hubiérase dicho que estaba sobrecargada de oxígeno; los navegantes absorbían con afán aquel aire que les daba una vida más ardiente; sin darse cuenta del resultado, eran presa de una verdadera combustión de que no es posible dar una más remota idea; sus funciones afectivas, digestivas y respiratorias se ejercían con una energía sobrehumana; las ideas, sobreexcitadas en su cerebro, se desenvolvían hasta lo grandioso: vivían en una hora la vida de un día entero.
En medio de tantos asombros y maravillas, la falúa avanzaba pacíficamente al blando soplo de un viento moderado que los grandes albatros activaban algunas veces con sus extensas alas.

A la caída de la tarde, Hatteras y sus compañeros perdieron de vista la costa de Nueva América. Las horas de la noche sonaban para las zonas templadas lo mismo que para las equinocciales; pero en éstas el sol, ensanchando sus espirales, trazaba un círculo rigurosamente paralelo al del océano. La falúa, sumergida en sus rayos oblicuos, no podía dejar aquel centro luminoso que se desplazaba con ella.