Aventuras del capitan Hatteras

Aventuras del capitan Hatteras

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Los seres animados de las regiones hiperbóreas sintieron, sin embargo, venir la noche, como si el astro luminoso se hubiese sepultado detrás del horizonte. Las aves, los peces y los cetáceos desaparecieron. ¿Dónde? ¿En lo más profundo del cielo? ¿En lo más profundo del mar? ¿Quién puede decirlo? Pero a sus gritos, a sus silbidos, al estremecimiento de las olas agitadas por la respiración de los monstruos marinos, sucedió luego la silenciosa inmovilidad; las aguas se mecieron somnolientas en una insensible ondulación y la noche recobró su pacífica influencia bajo las miradas centelleantes del sol.

Desde que zarpó de Puerto Altamont, la falúa había ganado un grado hacia el Norte, y al día siguiente nada aparecía aún en el horizonte, ni los altos picos que indican de lejos las tierras, ni los signos particulares que hacen presentir a un marino la aproximación de las islas o de los continentes.

El viento se sostenía, sin ser fuerte; el mar estaba poco picado; la muchedumbre de aves y de peces volvió a presentarse tan numerosa como la víspera, y el doctor, inclinado sobre las olas, pudo ver a los cetáceos salir de su profundo retiro, y subir poco a poco a la superficie. Sólo algunos icebergs y témpanos diversos alteraban la inmensa monotonía del océano.


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