Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras —¿Y qué? Nuestro ilustre compatriota, el comodoro James Ross, ¿no comprobó en el continente austral la existencia del Erebus y del Terror, dos montes ignÃvomos en plena actividad a los 170° de longitud y 78° de latitud? ¿Por qué, pues, no han de poder existir volcanes en el Polo Norte?
—Es posible, en efecto —respondió Altamont.
—¡Ah! —exclamó el doctor—. Lo veo muy distintamente: ¡es un volcán!
—Pues bien —dijo Hatteras—, corramos hacia él.
—Empezamos a tener viento de proa —dijo Johnson.
—Toquemos, pues, el aparejo y naveguemos de vuelta a vuelta. Ciñamos el viento todo lo posible.
Pero esta maniobra dio por resultado alejar la falúa del punto observado, y las miradas más atentas no pudieron divisarlo de nuevo.
Sin embargo, no era posible dudar de la proximidad de la costa, y aquella costa era el objeto del viaje entero, entrevisto, ya que no alcanzado, y no habÃan de pasar veinticuatro horas sin que aquella nueva tierra fuese pisada por un pie humano. La Providencia, después de haber permitido a los viajeros acercarse tanto al Polo, no impedirÃa que llegasen a él.