Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras Eso no obstante, en aquellas circunstancias nadie manifestó la alegría que debía producir semejante descubrimiento. Cada cual se encerraba en sí mismo y se preguntaba lo que podía ser aquella tierra del Polo. Los animales huían, al parecer, de ella; al llegar la noche, las aves, en lugar de buscar en ella un refugio, volaban hacia el Sur con toda la fuerza de sus alas. ¿Tan inhospitalaria era, pues, aquella tierra que ni una gaviota o un ptarmigano podían encontrar asilo en ella? Los mismos peces, los grandes cetáceos abandonaban con rapidez aquella costa atravesando las transparentes aguas. ¿De dónde procedía aquel sentimiento de repulsión, ya que no de terror, común a todos los seres animados que habitaban aquella parte del Globo?
Los navegantes habían experimentado la impresión general, se dejaban llevar de los sentimientos de su situación, y poco a poco sintieron todos ellos que el sueño pesaba en sus párpados.
¡Tocó a Hatteras estar de vigilante! Se puso al timón, en tanto que Altamont, Johnson y Bell, tendidos sobre los bancos, se durmieron uno tras otro, y se abismaron en el mundo de los sueños.
Hatteras hizo para resistir el sueño esfuerzos desesperados. No quería perder un instante de aquel tiempo precioso; pero el pesado movimiento de la falúa le mecía insensiblemente, y cayó a pesar suyo en una irresistible somnolencia.