Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras Hatteras había vuelto a coger con la mano firme la caña del timón que giraba con ruido alrededor del gobernalle, y algunas veces, empujada violentamente por una declinación del rumbo, le rechazaba y encorvaba a pesar suyo. Johnson y Bell se ocupaban sin descanso en echar fuera de la chalupa el agua que introducía la marejada.
—He aquí una tempestad con la cual no contábamos —dijo Altamont agarrándose a su banco.
—Aquí es preciso contar con todo —respondió el doctor.
Estas palabras se cruzaron entre los silbidos del viento y los bramidos de las olas, reducidas por la violencia del aire a un impalpable polvo líquido. El estrépito era tal, que casi resultaba imposible oírse unos a otros.
Era difícil mantener el rumbo hacia el Norte. La densa oscuridad no dejaba entrever el mar más allá de algunas toesas, y había desaparecido todo punto de mira.
Aquella tempestad súbita, en el momento de ir a alcanzar el objetivo, parecía una severa advertencia, y se presentaba a los ánimos sobreexcitados como una prohibición de ir más lejos. ¿La Naturaleza quería que el Polo fuese inaccesible? ¿Estaba aquel punto del Globo rodeado de una fortificación de huracanes y borrascas que no permitían acercarse a él?