Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras Sin embargo, al ver el semblante enérgico de aquellos hombres, se comprendía que no cederían ni al viento ni a las olas, y que irían a su objetivo.
Así lucharon durante todo el día, desafiando la muerte a cada instante, sin ganar nada hacia el Norte, pero sin perder tampoco nada, envueltos en una lluvia tibia y mojados por las olas con que la tempestad abofeteaba sus rostros. Algunas veces con los silbidos del aire se mezclaban siniestros gritos de aves.

Pero a cosa de las seis de la tarde, en medio, de una recrudescencia del furor de las olas, vino una calma súbita. El viento cesó como por un milagro. El mar se presentó tranquilo y llano, como si las olas no le hubieran henchido por espacio de doce horas. Parecía que el huracán había respetado aquella parte del océano polar.
¿Qué pasaba, pues? Un fenómeno extraordinario, inexplicable, y del cual ya el capitán Sabine había sido testigo en el curso de sus viajes a los mares groenlandeses.
La niebla, sin disiparse, se había vuelto extrañamente luminosa.