Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras La falúa navegaba en una zona de luz eléctrica, en un inmenso fuego de San Telmo que, sin dar calor, resplandecÃa. El mástil, la vela, la jarcia se destacaban en el fondo fosforescente del cielo con una incomprensible nitidez de perfiles, los navegantes estaban como sumergidos en un baño de rayos transparentes, y reflejos inflamados enrojecÃan sus facciones.
La calma repentina de aquella porción del océano procedÃa sin duda del movimiento ascendente de las columnas de aire, en tanto que la tempestad, perteneciente al género de los ciclones, giraba con rapidez alrededor de aquel centro pacÃfico.

Pero aquella atmósfera de fuego engendró un pensamiento en la mente de Hatteras.
—¡El volcán! —exclamó.
—¿Es posible? —preguntó Bell.
—¡No! ¡No! —respondió el doctor—. Nos ahogarÃamos si sus llamas llegasen hasta nosotros.
—Acaso —dijo Altamont— sea un reflejo en la niebla.
—Tampoco. Para eso serÃa preciso admitir que nos hallamos cerca de la tierra, en cuyo caso oirÃamos los estampidos de la erupción.
—¿Pero entonces…? —preguntó el capitán.