Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras Así pasó dos horas. Después su pensamiento tomó un nuevo curso, y le recondujo al Polo. Se vio al fin con un pie puesto en aquel continente inglés, desplegando el pabellón del Reino Unido.
Y mientras soñaba, una nube enorme de color aceitunado, ganaba el horizonte y oscurecía el océano.
Nadie puede figurarse la fulminante rapidez con que los huracanes invaden los mares árticos. Los vapores engendrados en las comarcas ecuatoriales se condensan encima de los inmensos hielos del Norte, y llaman con una violencia irresistible torrentes de aire para que les remplacen. Así se puede explicar la energía de las tempestades boreales.
Al primer choque del viento el capitán y sus compañeros se habían arrancado de los brazos del sueño, dispuestos a maniobrar.
Henchían el mar erguidas olas de base poco desenvuelta. La falúa, traqueteada por un violento oleaje, se abismaba en profundas simas, oscilaba sobre el lomo de una ola, inclinándose en ángulos de más de cuarenta y cinco grados.