Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras —Sà —repuso el doctor—, al paso que los habitantes de este punto del ecuador hacen 396 leguas por hora.
—¡Y eso sin cansarse! —dijo Bell.
—Justamente —respondió el doctor.
—Pero —repuso Johnson—, independientemente de este movimiento de rotación, ¿no está dotada la Tierra de otro movimiento alrededor del Sol?
—SÃ, un movimiento de rotación que se cumple en un año.
—¿Es más rápido que el otro? —preguntó Bell.
—Infinitamente más, y debo decir que, aunque nos hallemos en el polo, nos arrastra como a todos los demás habitantes de la Tierra. AsÃ, pues, nuestra pretendida inmovilidad no es más que una quimera: inmóviles relativamente a los demás puntos del globo, sÃ; pero relativamente al Sol, no.

—¡Y yo —dijo Bell con un acento de dolor cómico—, que me creÃa tan tranquilo! ¡Fuerza es renunciar a esta ilusión! Decididamente, no se puede tener en este mundo un instante de reposo.
—Dices bien, Bell —replicó Johnson—; y vos, señor Clawbonny, ¿nos diréis cuál es la velocidad de este movimiento de traslación?