Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras —SÃ, y con eso termina lo que tengo que deciros relativo al Polo. No hay punto del mundo que haya dado origen a más hipótesis y quimeras. Los antiguos, muy ignorantes en cosmografÃa, situaban aquà el jardÃn de las Hespérides. En la Edad Media se supuso que la Tierra descansaba sobre muñones o quicios colocados en los polos, a cuyo alrededor giraba; pero cuando se vio que los cÃrculos se movÃan libremente en las regiones circumpolares, fue preciso renunciar a semejante género de sustentáculo. Más adelante se encontró un astrónomo francés, Bailly, el cual sostuvo que el pueblo civilizado y perdido de que habla Platón, la Atlántida, vivÃa aquà mismo. En fin, en nuestros dÃas se ha pretendido que existÃa en los polos una inmensa abertura, de donde se desprendÃa la luz de las auroras boreales, y por la cual se podÃa penetrar en el interior del Globo; después, en la esfera hueca se imaginó la existencia de dos planetas, Plutón y Proserpina, y un aire luminoso a consecuencia de la fuerte presión qué experimentaba.
—¿Todo eso se ha dicho? —preguntó Altamont.
—Y se ha escrito muy formalmente. El capitán Synnes, uno de nuestros compatriotas, propuso a Humphry Davy, a Humboldt y a Arago intentar el viaje. Los tres sabios se negaron.
—Y creo que hicieron perfectamente.