Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras El doctor volvió a tomar la palabra, insistió, apremió a Hatteras para que renunciase a su proyecto; dijo cuanto su corazón y su mente pudieron sugerirle, pasando de las súplicas a las amenazas amistosas; pero nada obtuvo del capitán, cuyo ánimo exaltado estaba sujeto a una especie de locura que podrÃamos llamar «locura polar».
No habÃa más que medios violentos para detener a aquel insensato que corrÃa a su perdición. Pero previendo que acarrearÃan graves desórdenes, no quiso el doctor recurrir a ellos sino en último extremo.
Esperaba, además, que imposibilidades fÃsicas, obstáculos insuperables detendrÃan a Hatteras en la ejecución de su proyecto.
—Pues si queréis ir —dijo—, os seguiremos.
—¡Sà —respondió el capitán—, hasta la mitad de la montaña! ¡No más allá! Es indispensable que llevéis a Inglaterra el testimonio que atestigüe nuestro descubrimiento…
—¡Sin embargo…!
—Perdéis el tiempo —respondió Hatteras con un tono inquebrantable—, y puesto que no bastan los ruegos del amigo, el capitán manda.
El doctor no quiso insistir más, y algunos instantes después la pequeña caravana, equipada para una ascensión difÃcil, y precedida por Duck, se puso en marcha.