Aventuras del capitan Hatteras

Aventuras del capitan Hatteras

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El cielo resplandecía. El termómetro marcaba 52° (+ 11° centígrados). La atmósfera se impregnaba abundantemente de la claridad particular en aquel alto grado de latitud.

Eran las ocho de la mañana.

Hatteras tomó la delantera con su valiente perro; Bell y Altamont, el doctor y Johnson le seguían de cerca.

—Tengo miedo —dijo Johnson.

—No, no hay nada que temer —respondió el doctor—, estamos nosotros aquí.

¡Singular islote! ¿Cómo copiar su fisonomía particular, que era lo imprevisto, la novedad, la juventud? Aquel volcán no debía de ser viejo, y los geólogos hubieran podido señalar a su formación una fecha reciente.

Las rocas, hacinadas unas sobre otras, no se sostenían sino por un milagro de equilibrio. La montaña, propiamente hablando, no era más que un montón de piedras caídas de arriba. Nada de tierra, ni el menor musgo, ni el más pobre liquen, ni un vestigio de vegetación. El ácido carbónico, vomitado por el cráter, aún no había tenido tiempo de combinarse con el hidrógeno del agua ni con el amoníaco de las nubes, para formar, bajo la acción de la luz, las materias organizadas.


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