Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras A medida que los viajeros subían, iba siendo más difícil la ascensión; los costados de la montaña se acercaban a la perpendicular, y era preciso tomar grandes precauciones para evitar los derrumbamientos. Con frecuencia, columnas de ceniza se enroscaban alrededor de los viajeros y amenazaban asfixiarlos, y con frecuencia también torrentes de lava les cerraban el paso. En algunas superficies horizontales, los arroyos, enfriados y solidificados en la parte superior, dejaban que la lava hirviendo corriese bajo su costra endurecida. Los viajeros tenían que ir sorteando el terreno para no abismarse de pronto en aquellas materias en fusión.
De cuando en cuando, el cráter vomitaba pedruscos enrojecidos en el seno de los gases inflamados. Algunos de ellos estallaban en la atmósfera como bombas, y sus cascos, lanzados a larga distancia, se dispersaban en todas direcciones.
Se concibe de cuán innumerables peligros estaba rodeada aquella ascensión, y cuán loco era preciso que estuviese un hombre para intentarla.
Hatteras, sin embargo, subía con una agilidad sorprendente, y desdeñando el apoyo de su bastón con punta de hierro, trepaba sin vacilar por las más duras cuestas.