Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras Llegó luego a un peñasco circular que formaba una especie de meseta de diez pies de anchura. La cercaba un río candente, después de haberse bifurcado en la cresta de una roca superior, sin dejar más que un paso estrecho, por el cual Hatteras se deslizó resueltamente.
Allí se detuvo, y sus compañeros pudieron alcanzarle. Pareció entonces que medía con la mirada el intervalo que tenía aún que salvar: horizontalmente, no se hallaba a más de cien toesas del cráter, es decir, del punto matemático del Polo; pero, verticalmente, tenía aún que elevarse a más de 1.500 pies.
Tres horas hacía ya que duraba la ascensión; Hatteras no parecía hallarse fatigado; sus compañeros no podían con su alma.
La cima del volcán parecía inaccesible. El doctor resolvió impedir a toda costa a Hatteras subir más alto. Trató de convencerle nuevamente, pero la exaltación del capitán llegaba ya al delirio. Durante el camino había dado todos los indicios de una locura creciente, la cual no podía sorprender a los que lo conocían, a los que lo habían seguido en las varias peripecias de su dramática existencia. A medida que Hatteras se elevaba encima del océano, su sobreexcitación aumentaba; no vivía ya en la religión de los hombres; creía crecer con la montaña misma.
—¡Basta, Hatteras! —le dijo el doctor—. No podemos más.