Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras Pero antes de dejar aquel peñasco para nunca más volverlo a ver, el doctor, siguiendo las intenciones de Hatteras, hizo levantar un cairn en el punto mismo en que el capitán había abordado la isla. Se formó el cairn con grandes rocas sobrepuestas, de modo que formase una prominencia perfectamente visible, en el supuesto de que las erupciones del volcán lo respetasen.
En una de las piedras laterales, Bell grabó al cincel esta sencilla inscripción:
JOHN HATTERAS
1861
El documento original fue depositado dentro del cairn en un tubo de hojalata perfectamente cerrado, y así quedó abandonado en aquellas desiertas rocas el testimonio del descubrimiento.

Entonces los cuatro hombres y el capitán, un pobre cuerpo sin alma, y su fiel Duck, triste y quejumbroso, se embarcaron para el viaje de vuelta. Eran las seis de la mañana. Con el lienzo de la tienda se hizo una nueva vela. La falúa, viento en popa, dejó la «isla de la Reina», y al anochecer, el doctor, de pie encima de su banco, dio un último adiós al monte Hatteras, que resplandecía en el horizonte.