Aventuras del capitan Hatteras

Aventuras del capitan Hatteras

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La naturaleza del terreno aumentaba mucho las fatigas del viaje. Aquella tierra del Devon Septentrional era sumamente escabrosa, y fue preciso salvar los montes Trauter por gargantas impracticables, luchando contra todos los elementos desencadenados. Allí estuvieron próximos a sucumbir el trineo, los hombres y los perros, y más de una vez la desesperación se apoderó de la comitiva, no obstante ser tan aguerrida y estar tan acostumbrada a las fatigas de una expedición polar. Pero aquellas pobres gentes, sin que ellas lo advirtieran, estaban gastadas moral y físicamente. No se arrostran impunemente dieciocho meses de incesantes fatigas y una sucesión enervadora de esperanzas y desesperaciones. Es, además, de notar que la ida se verifica con un entusiasmo, una convicción y una fe que faltan a la vuelta. Así es que los desgraciados se arrastraban con trabajo, se puede decir que marchaban por rutina, por un resto de energía animal casi independiente de su voluntad.

Hasta el 30 de agosto no salieron de aquel caos de montañas de las cuales la orografía de las zonas bajas no podía dar ninguna idea, pero salieron magullados y medio helados. El doctor no acertaba a alentar a sus compañeros, porque se sentía desfallecer él mismo.


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