Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras Los montes Trauter terminaban en una especie de llanura conmovida por el primitivo levantamiento de la montaña. Allí fue indispensable tomar un descanso de algunos días, pues los viajeros podían difícilmente tenerse en pie, y ya dos de los perros de tiro habían muerto extenuados.
La comitiva se abrigó detrás de un témpano, con un frío de 2° bajo cero (-19° centígrados). Ninguno se sintió con fuerzas para levantar la tienda.
Las provisiones eran muy escasas, y a pesar de la extremada parsimonia con que se gastaban, no podían durar más allá de ocho días. La caza era casi nula, obligándola el invierno a buscar climas menos rudos. La muerte por hambre se presentaba, pues, amenazadora ante sus víctimas extenuadas.
Altamont, que mostraba una gran adhesión y una abnegación verdadera, aprovechó un resto de su fuerza y resolvió procurar, por medio de la caza, algún alimento a sus compañeros.
Cogió la escopeta, llamó a Duck y penetró en las llanuras del Norte. El doctor, Bell y Johnson, le vieron alejarse casi con indiferencia. En una hora no oyeron un solo tiro, y vieron regresar al americano sin haberlo disparado. El americano corría con cierto azoramiento.
—¿Qué sucede? —le preguntó el doctor.