Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras —¡Allá abajo! ¡En la nieve! —respondió Altamont con un acento de horror, indicando un punto del horizonte.
—¿Qué?
—¡Una porción de hombres…!
—¿Vivos?
—Muertos…, helados y hasta…
El americano no se atrevió a concluir su pensamiento, pero su fisonomÃa expresaba el horror más indecible.
El doctor, Johnson y Bell, reanimados por aquel incidente, hallaron medios de levantarse y se arrastraron en pos de Altamont, hacia aquella parte de la llanura que él habÃa indicado.
Llegaron luego a un espacio cerrado, en el fondo de una barranca profunda, y allà ¡qué espectáculo se ofreció a su vista!
Cadáveres rÃgidos, medio envueltos en un sudario de nieve, estaban diseminados en distintos puntos: aquà un brazo, allá una pierna, más lejos manos crispadas, cabezas que conservaban aún su fisonomÃa amenazadora y desesperada.
El doctor se acercó y retrocedió, pálido, con las facciones descompuestas, en tanto que Duck aullaba de una manera siniestra.
—¡Horror! ¡Horror! —exclamó Clawbonny.
—Pero… —empezó a decir el contramaestre.