Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras 
—¡Y hay quien se ha atrevido a penetrar en estos mares —repuso el doctor— sin tener el vapor a sus órdenes! ¿Cómo se concibe que un buque de vela haya podido dirigirse en medio de esos escollos movedizos?
—Parece imposible y no lo es, señor Clawbonny. Cuando habÃa viento de proa, como ha sucedido más de una vez a este vuestro servidor que os está hablando, se echaba el ancla encima del hielo, con lo cual el buque derivaba ligeramente, y se aguardaba con paciencia la hora oportuna para ponerse en marcha. Verdad es que con este procedimiento, el único que era posible, se pasaban meses para ir a donde nosotros, con un poco de suerte, iremos en algunos dÃas.
—Me parece —dijo el doctor— que la temperatura tiende aún a bajar.

—Lo siento —respondió Johnson—, porque necesitamos el deshielo para que estas moles se desmenucen y vayan a perderse en el Atlántico. Son, además, más numerosas en el estrecho de Davis, porque las tierras se acercan sensiblemente entre el cabo Walsingham y el de Holsteinborg; pero más allá de los sesenta y siete grados hallaremos durante mayo y junio mares más navegables.
—SÃ, pero antes es menester pasar.