Aventuras del capitan Hatteras

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—Son driftice, que con un poco más de elevación se llamarían icebergs o montañas; su contacto es peligroso para los buques, y es menester evitarlo a toda costa. Mirad allí abajo, sobre aquel icefield, una protuberancia producida por la presión de los hielos. Nosotros llamamos a eso hummock (mogote). Si la protuberancia tiene su base sumergida, la llamamos calf (pantorrilla). Es preciso dar nombre a todo para entenderse.

—¡Es un espectáculo verdaderamente curioso el que tenemos a la vista! —exclamó el doctor, contemplando aquellas maravillas de los mares boreales—. Y exaltan vivamente la imaginación cuadros tan diversos.

—Sin duda —respondió Johnson—. Los carámbanos toman algunas veces formas fantásticas, que nuestros marineros, que no se paran en barras, explican a su manera.

—¡Admirad, Johnson, ese conjunto de peñascos de hielo! Parece que estamos contemplando una ciudad extraña, con sus minaretes y sus mezquitas, a la pálida claridad de la Luna. Más lejos se vislumbra una larga sucesión de arcadas góticas que me recuerdan la capilla de Enrique VII o el palacio del Parlamento.

—Verdaderamente, señor Clawbonny, hay aquí arquitectura para todos los gustos; pero hay peligro en habitar esas ciudades o iglesias, y no conviene tenerlas demasiado cerca. Hay minaretes que se caen por su base, y el menor de ellos aplastaría un buque como el Forward.


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