Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras —Comprenderás que hablo por hablar, Gripper; ya sé yo que en estas ciudades de nieve, que causan tanta admiración al señor Clawbonny, no hay el más insignificante bodegón en que pueda un bravo marinero refrescar su gaznate con uno o dos cuartillos de brandy.
—Eso que dices es demasiado cierto, Bolton, y aún podrÃas añadir que no hay aquà siquiera con qué enjuagarse la boca. ¡PÃcara idea privar de toda bebida espirituosa a gentes que viajan por los mares del Norte!
—Por lo visto —respondió Garry— has olvidado, Gripper, lo que ha dicho el doctor. Es menester abstenerse de toda bebida excitante para evitar el escorbuto, conservar la salud y poder ir muy lejos.
—Pero yo no deseo ir lejos, Garry, y me parece que ya es demasiado haber llegado hasta aquà y empeñarse en pasar por donde el diablo no quiere que se pase.
—¡Y bien, no pasaremos! —Replicó Pen—. ¡Cuando pienso que he olvidado ya el sabor del gin!
—Pero —dijo Bolton— recuerda lo que te ha dicho el doctor.
—¿Y qué? —Replicó Pen, con su voz vinosa y ronca—. Las cosas se dicen para decirlas. Falta saber si, so pretexto de salud, de lo que se trata es de economizar el lÃquido.
—Puede que ese diablo de Pen no ande del todo desencaminado —respondió Gripper.