Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras —Me parece —replicó Bolton— que Pen tiene la nariz demasiado colorada, y si algo pierde de su color navegando bajo el régimen a que se nos sujeta, no tendrá muchos motivos de queja.
—¿Qué te ha hecho mi nariz? —respondió bruscamente el marinero, herido en su parte sensible—. Mi nariz no tiene necesidad de tus consejos, y ninguno te pide: cuÃdate de la tuya, y deja en paz la mÃa.
—Muy pronto te enfadas, Pen; no creÃa yo que tuvieses la nariz susceptible. A mà un buen vaso de whisky, sobre todo bajo una temperatura como la de ahora, me gusta tanto como a otro cualquiera; pero si, en resumidas cuentas, me ha de causar más daño que provecho, sé pasarme sin él y tener paciencia.
—Tú sabes pasarte sin él —dijo el fogonero Warren, que metió también la cuchara—; pero no se pasan sin él todos los de a bordo.
—¿Qué quieres decir con eso, Warren? —preguntó Garry mirándole fijamente.
—Quiero decir que, por una razón o por otra, hay licores a bordo, y se me antoja que no se privan mucho de ellos los señores de popa.
—¿Tú qué sabes? —preguntó Garry.
Warren no supo qué responder; hablaba nada más que porque tenÃa lengua, como suele decirse.
—Ya ves, Garry —repuso Bolton—, que Warren no sabe nada.