Aventuras del capitan Hatteras
Aventuras del capitan Hatteras —Y bien —dijo Pen—, pediremos una ración de gin al comandante; bien ganada la tenemos. Veremos lo que responde.
—Guardaos bien de hacer semejante cosa —respondió Garry.
—¿Y por qué? —Exclamaron Pen y Warren.
—Porque el comandante se hará el desentendido. Ya sabÃais cuál era el régimen de a bordo cuando os embarcasteis; entonces era el momento de reflexionar.
—Además —respondió Bolton haciendo causa común con Garry, cuyo carácter le agradaba—, Ricardo Shandon no es el amo de a bordo: es persona mandada, lo mismo que nosotros.
—¿A quién, pues, hemos de dirigirnos? —preguntó Pen.
—Al capitán.
—¡Vuelta al capitán maldito! —Exclamó Pen—. ¿No ves que en estos bancos de hielo lo mismo hemos de encontrar un capitán que una taberna? Todo son excusas y estratagemas para negamos lo que tenemos derecho a exigir.
—Pues yo digo que hay un capitán —repuso Bolton—, y apostarÃa dos meses de mi paga a que no tardaremos en verle.
—¡Ojalá! —Dijo Pen—. Quisiera que hubiese alguien a quien cantar yo la cartilla.